Stykkisholmsbaer- Islandia
El proyecto nace del deseo de construir una gran cubierta funcional que actúe a la vez como infraestructura productiva y como espacio público protegido. Bajo ella, el barrio encuentra un lugar donde desarrollar actividades sociales y económicas durante todo el año; sobre ella, el conjunto se convierte en un hito visible que conecta visual y físicamente la parte alta del pueblo con el puerto.
El ahumadero se organiza en tres estratos claramente diferenciados. En la base, una planta totalmente libre funciona como plaza cubierta: un soporte flexible donde pueden aparecer mercados, ferias, juegos o encuentros vecinales, protegido del viento y la lluvia. Sobre este plano se despliega una densa red de rampas y planos inclinados que articula la circulación, integra los procesos de la industria pesquera local y construye un recorrido continuo entre ciudad y muelle. Finalmente, la cubierta se resuelve como un paisaje de 12 lucernarios cúbicos elevados, que remiten a las pequeñas naves del puerto y conforman la nueva silueta del edificio.
Las estrategias de diseño se centran en la captación de luz y la protección climática. La alternancia de orientaciones, junto con los lucernarios y los cerramientos traslúcidos, permite disponer de espacios luminosos pero resguardados incluso en los meses más duros del invierno. Al mismo tiempo, la condición diáfana de la planta baja y la flexibilidad del sistema modular hacen posible que el ahumadero se adapte a distintos usos en el tiempo, consolidándose como un nuevo foco social y económico para la comunidad.
Bajo una línea de casetas inclinadas, el suelo se ondula como un paisaje interior; las personas caminan a cubierto, entre árboles y sombras, como si pasearan por una colina protegida del viento.
Los cortes descubren la vida en capas: abajo el juego y el encuentro, en medio el tránsito lento de las rampas, arriba el silencio del ahumado y la luz que cae como una niebla clara.
La planta es un tablero habitado: cuadrados que se llenan de olores, voces y productos del mar, donde cada módulo es una pequeña historia dentro de la gran narración del puerto.
Desde arriba, la retícula se convierte en una ciudad secreta: pasillos como calles, habitaciones como plazas, un laberinto amable que se recorre sin perder nunca la orientación del mar.
El interior se despliega como un mercado en invierno: protegido, cálido, lleno de recorridos cruzados donde turistas y vecinos comparten el mismo techo y el mismo olor a pescado ahumado.
Las figuras hablan de un edificio en uso: niños que juegan en las rampas, cuerpos que se detienen a mirar los peces colgados, gestos cotidianos que convierten la fábrica en lugar de encuentro.
La explosión constructiva revela la lógica oculta: una malla de madera repetida que, como un andamio permanente, sostiene tanto el trabajo de la mano como la ligereza de la luz.
Sobre la plataforma, las doce cajas inclinadas parecen un pequeño archipiélago de casas; juntas forman una nube de techos que flota sobre la vida que sucede abajo.
Desde la distancia, el smokehouse se mezcla con las edificaciones del pueblo pero deja ver su interior vibrante, como si el puerto hubiera decidido abrirse para mostrar su propio corazón.
